jueves, 4 de marzo de 2021

III Domingo de Cuaresma, año B.

Jesús hizo un látigo y…. se enfureció

Evangelio: Juan 2, 13-25

Jesús llega a Jerusalén y camina por la calle del mercado por la longitud del muro de contención del templo. La calle del mercado es el lugar donde los vendedores locales venden los animales prescritos para el sacrificio pascual. Los cambistas están listos para cambiar cualquier moneda que luego pueden usarse para hacer las ofrendas apropiadas establecidas por la Ley. Ambos servicios ciertamente son necesarios.

Jesús se ofende con estos vendedores y cambistas de dinero porque ellos están extorsionando a sus compañeros. Por eso: “Hizo un látigo con cuerdas y echó fuera del templo a todos, juntos con sus ovejas y bueyes. Tiró también al suelo las monedas de los cambistas y volcó sus mesas…”. Verdaderamente Jesús se enfureció.

Basílica de San Francisco de Asís.

¿Pero porqué tanto así? Si era normal este tipo de actividad comercial en el templo de Jerusalén, ¿porqué se molestó tanto?

¡Justamente! Se había vuelto muy normal haber transformado un espacio sagrado, dedicado al culto, en un lugar de comercio, y se habían olvidado que aquel lugar fue concebido como lugar de oración, de encuentro con Dios y también porqué habían acciones deshonestas por estos cambistas.

Los líderes religiosos se sorprendieron por esta acción como cuando Jesús se refiere al templo cómo «la casa de mi Padre». Ellos no pueden creer lo que acaban de oír. Jesús no se refirió al templo cómo «la casa del Padre» o cómo «la casa de nuestro Padre». Jesús personaliza el templo al referirse como la casa de su Padre. Audazmente, Jesús afirma que él es el Hijo de Dios, ¡el Dios que mora en el templo!

“No conviertan en un mercado la casa de mi Padre”. Me gustaría destacar estas dos palabras: “casa” y “mi Padre”.

Jesús se refiere al templo, lugar del culto, llamándolo “casa”. La casa es el lugar donde habitamos, el lugar donde somos nosotros mismos, el lugar de los afectos cercanos, de las relaciones familiares más profundas. Pero podemos entenderla también como nuestro “interior”, (somos templo del Espíritu, nos recuerda San Pablo en 1 Cor., 6, 19). Entonces nos preguntamos: ¿Qué hay en nuestra casa, es decir en nuestro corazón? ¿Cómo lo hemos transformado? ¿Es un lugar de “culto”, o el lugar donde albergan las envidias, los celos, la sed de protagonismo, la indiferencia, el pensar mal de…, las acciones deshonestas?

Hoy Jesús nos pasa ese látigo y nos invita hacer limpieza, sacar a la fuerza todo obstáculo, todo lo que contamina esta “casa”, para que se transforme en un lugar donde pueda encontrarme con Él, en la oración, en el diálogo sincero, en la bondad, en la verdad, en la belleza. Ése es el lugar que quiere “habitar” el Padre.

“No conviertan en mercado la casa de “mi Padre”. La casa, no es mía, es del Padre, es de Jesús. Tomar conciencia que no nos pertenecemos, que somos templo suyo, que hay que “custodiar el corazón” para que hagamos una digna morada del Espíritu Santo.

Atardecer en Monte Subasio - Asís.

San Francisco en su experiencia de conversión y de vida, tuvo la valentía en la plaza de Asís, frente a todo el pueblo, y frente a su padre, Pedro de Bernardone, de tomar ese “látigo” y de iniciar a liberarse de su egocentrismo, de desnudarse e iniciar hacer limpieza en su corazón. En sus escritos leemos: “Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos, y odian a sus cuerpos con sus vicios y pecados, y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y hacen frutos dignos de penitencia: ¡Oh cuán bienaventurados y benditos son ellos y ellas, mientras hacen tales cosas y en tales cosas perseveran!, porque descansará sobre ellos el espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada”. (San Francisco, 2 Carta a los fieles, 48).

Tú qué estas leyendo estas reflexiones… ¿Necesitas hacer un látigo para echar qué cosa de tu corazón?

Tú que buscas respuestas a tus inquietudes… ¿no será necesario primero limpiar ese templo de tantos “puestos” de comercio y responderte con la verdad?

Pídele al Señor, como Francisco de Asís: “Ilumina las tinieblas de mi corazón, dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta”.

 

 

El Señor te dé la Paz.

Fr. Fabrizio RESTANTE, OFMConv.

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