viernes, 11 de septiembre de 2020

El perdón no es un lujo

 

Domingo XXIV – T.O. año A.

Mateo 18,21-35

¿No debías también tú tener compasión de tu compañero,  como yo me compadecí de ti?

 


El perdón no es un lujo que concedemos desde lo alto de nuestra bondad, sino el reconocimiento de la humanidad frágil y herida que nos une a todos, ante la cual estamos llamados a manifestar compasión y comprensión.

“A la pregunta ‘aritmética’ de Pedro responde el Señor en el mismo terreno, saltando de un número generoso a otro indefinido. Y lo aclara con una parábola que se complace en presentar los contrastes extremos. La parábola describe la relación de los seres humanos con Dios y con los demás. La deuda de diez mil monedas de oro, impagable, en todo caso, simboliza la situación de toda persona a quien Dios perdona por pura gracia. La actitud del siervo despiadado retrata la mezquindad del corazón humano. Unos a otros nos debemos “cien monedas”, una ridiculez, en comparación con lo que se nos ha sido perdonado. (Del comentario de la ‘Biblia de nuestro pueblo’)”.

Perdonar no es un simple gesto o una simple frase: "Te perdono". Es una tarea algo complicada, tanto para el que la ofrece como para quien la acepta. Es un proceso que lleva tiempo y solo puede tener lugar después de haber logrado acallar el resentimiento, la ira y el deseo de venganza.


Perdonar no significa olvidar la ofensa recibida, porque no podemos decidir qué recordar o qué olvidar, especialmente si la injusticia fue grave. Perdonar significa asegurarse de que la ofensa, mientras permanece en la memoria, ya no causa dolor. Implica la liberación de odiar a quien me ha hecho daño.

El perdón es un acto de voluntad y lucidez, por tanto de libertad, que consiste en acoger al hermano como es, a pesar del mal que nos han hecho, como Dios nos acoge a nosotros a pesar de nuestros pecados. El perdón consiste en no responder a la ofensa con la ofensa, sino en hacer lo que dice Pablo: "No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien".

Mientras no aceptemos, como individuos y como comunidad, que somos una mezcla de luz y oscuridad, de cualidades y defectos, de amor y odio, de altruismo y egocentrismo, de madurez e inmadurez, seguiremos dividiendo el mundo en 'enemigos' (los malos) y 'amigos'. Cuando, por el contrario, se acepta tener debilidades y defectos y al mismo tiempo poder progresar hacia la libertad interior y un amor más verdadero, entonces habrá voluntad de aceptar los defectos y debilidades de los demás.

Cuántas veces pensamos: «No, ya no puedo soportarlo más, mi paciencia está al límite; así no se puede continuar. Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano si peca contra mí?". Hagamos, entonces, como Pedro y hagámosle a Jesús esa pregunta. Volveremos a escuchar la desafiante propuesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Hay que prender fuego a todos los libros de deudas, a los registros y cuentas que se llevan en el corazón.

Algo más: Cuando perdonamos, la gracia de Dios nos transforma. Gradualmente, el amor que llena nuestros corazones se desborda y puede llegar hasta amar a los que nos han heridos. Entonces podemos decir que el perdón puede que no cambie lo que pasó pero sí puede cambiar el futuro”.

Las palabras de Francisco de Asís son conmovedora y son, también, un programa de vida: En esto quiero ver si tú amas al Señor: Que en el mundo no exista ningún hermano que haya pecado todo lo que pudo pecar, y que, después de haber visto tus ojos, no se marche sin tu misericordia”.

 

Fray  Maurizio BRIDIO, OFMConv.

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