viernes, 22 de octubre de 2021

Domingo 30° - T.O. Año B.

¡Vete, tú fe te ha salvado!

Evangelio: Mc. 10,46-52

 

Un mendigo ciego, una calle, Jesús que pasa, un grito, un grito más fuerte, una curación. Con estas pocas palabras podamos resumir el evangelio de este domingo que parece describir muy bien, a través de la historia de este hombre, los riesgos que cada uno de nosotros cometemos.

Cada ser humanos puede quedarse bloqueado y pararse en el camino cuando no ve más un sentido, una motivación, un horizonte.

Cuando eso pasa es usual mendigar la vida y no vivirla, “balconear” como dice papa Francisco, no tener el control de la dirección de nuestra vida, sino subir los acontecimientos sin enfrentarlos.

¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!


“Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno. se puso a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi!

No es una oración compuesta, ordenada, a voz baja. No es una oración con estilo y equilibrio. Es una oración gritada, un grito de quien está desesperado y que ve la posibilidad de cambio. Ese hombre percibe la presencia de Jesús y cree que el encuentro con El puede cambiar su vida.

La misma dinámica que vivió Francisco de Asís ciertamente de manera diferente: Francisco no estaba enfermo y al mismo tiempo tenía una vida feliz, pero tuvo una inquietud que cambió su vida. Por un tiempo también Francisco estuvo como parado: perseguía el sueño de ser caballero, también cuando empezó a darse cuenta que era un sueño vacío, que no podía más llenar el horizonte de su vida.

El Señor paso en la vida de Francisco a través del leproso y como Jesús cambió la vida del hijo de Timeo-Bartimeo, así el leproso cambió la vida de Francisco: “Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo”.

Francisco vence lo que le “parecía amargo” baja del caballo y abraza al leproso, el hijo de Timeo-Bartimeo supera la muchedumbre que le pedía que se callara y no le permitían que Jesús lo escuchara.

Jesús a escuchar el grito del mendigo ciego se detiene y lo llama. Jesús escucha nuestros gritos y nuestras oraciones, por eso no tenemos que cansarnos de llamarlo “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!”.

Nunca tenemos que parar o callarnos “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!”

Tenemos que enfrentar lo que nos bloquea y no nos permite  ir adelante, tenemos que darnos cuenta del Señor Jesús que pasa en nuestra vida y historia.

"... arrojando su manto, se puso de pie
de un salto y fue hacia Él"


Como Francisco vio en el leproso a Jesús o como el hijo de Timeo-Bartimeo que se enteró que Jesús estaba pasando por allí. Si nosotros llamamos a Jesús, si perseveramos en nuestras oraciones el Señor se detiene y nos llama. También a nosotros el Jesús nos dice “¿Que quieres que haga por ti?” y también nosotros como el mendigo ciego tenemos que contestar: “¿Que yo pueda ver?”, que podamos ver cual es el bien,  lo que nos impide  seguir adelante en nuestra vida, cual es nuestra vocación, que podamos ver nuestros pecados que nos llevan lejos de Jesús.

Si pedimos eso a Jesús también a nosotros el nos dirá “Vete, tu fe te ha salvado”. Entonces también nosotros comenzaremos a ver con más claridad y así podríamos segur al Señor Jesús por el camino.

 

 

fray Matteo Martinelli OFMConv

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